Lo que más me duele en el mundo es cuando alguien me dice que esperaba más de mí. No hay nada peor que sentir que no estás a la altura, que podrías haber dado más y no lo hiciste, que alguien confiaba en ti y le defraudaste. Por eso el viernes cuando Alberto nos dijo que nuestro trabajo no era suficiente, confieso que me hundí en la miseria más absoluta.

Así que como yo soy una persona que me tomo muy a pecho las críticas y me gusta verlas como oportunidades para mejorar, ayer me dediqué a repasar mentalmente la clase del viernes y a analizar concienzudamente el trabajo que hemos hecho en las últimas semanas. Y esto es lo que yo veo.

Veo nueve grupos que dieron voz a las vidas silenciosas de muchos desconocidos. Jóvenes que decidieron abanderar una causa que no era la suya y luchar por ella. Veo gente que por fin ha encontrado la motivación y el camino, que cree de verdad en lo que está haciendo y que cuando explicaba su investigación se le iluminaban los ojos. Gente inquieta que no podía evitar preguntar tras las exposiciones y gente entregada, que estaba dispuesta a colaborar con otros proyectos, diciéndote el nombre de una asociación que hay en su pueblo o pasándote un periódico con una noticia que podría interesarte. Veo personas que quieren ayudar a otras personas. Y que también se ayudan entre ellas. Ya sea intercambiando post it rosas y amarillos, ofreciendo clases de Excel a cambio de clases de equitación o repartiendo chuches que te endulzan la tarde y por qué no, la vida.

Y os prometo que ver estas cosas me emociona. Me emociono cuando Guille y Bárbara me hacen sentir cargo de conciencia por olvidarme tantas veces del sufrimiento ajeno, cuando Miguel, Arantxa y Paloma me enseñan un vídeo en el que nadie ayuda a un niño que se muere de frío en las calles de Nueva York, cuando Pati nos habla sobre el día a día de su padre afrontando una enfermedad o cuando escucho a María José decir que un paciente con cáncer sufre porque no tiene fuerza para coger en brazos a su bebé recién nacido.

Me emocionáis vosotros y vuestro entusiasmo para buscar historias. Los que se escaparon media hora del trabajo para hablar del proyecto, los que aprovecharon los 15 minutos del descanso para hacer un PowerPoint, los que se quedaron sin comer para grabar un vídeo o los que invadieron cinco mesas de La Pasa a las 10 de la noche intentando buscar una solución para Sergio o pensando cómo iban a conseguir que Sara hiciera voluntariado. Me emocionan los que salieron a la calle a preguntar y a escuchar lo que la gente tenía que decirles, los que llamaron por teléfono a las 12 de la noche diciendo: ¡¡se me ha ocurrido una idea!! y los que se fueron un viernes a la otra punta de Madrid para hacer una entrevista. Los que esperaron una tarde entera en un portal buscando ancianos que quisieran hablar, los que amenazaron a todos sus contactos para que rellenaran una encuesta e incluso los que escribieron 30 emails y jamás recibieron respuesta. Me emocionan los que nunca se rinden. Porque ésos son los que reciben las mejores recompensas.

¿Que igual deberíamos haber buscado una fuente de financiación y haber llevado a cabo un proyecto más tangible y concreto? ¿Que nos queda converger y aterrizar un poco las ideas? Pues puede ser. Pero cuando nos den un poco más de tiempo, os aseguro que lo haremos. Porque el viernes vi que nos sobraban las ganas.

Algunos dirán que estamos locos, porque envueltos en esa vorágine de nueve horas seguidas en el trabajo más tres horas de clase, hemos renunciado a pasar tiempo con nuestros familiares, novios y amigos, y hemos preferido buscar un hueco para pensar en los demás.

Yo quiero pensar que somos unos luchadores. Porque en medio de un mundo que es indiferente ante los problemas del otro, hemos querido ponerle cara y voz al sufrimiento ajeno y hacerlo nuestro. Porque cuando podríamos habernos conformado con el camino fácil y rápido, (que sería decir: “mira esto es un auténtico caos y no entiendo nada, así que paso de este trabajo”) hemos elegido buscar una causa que nos motive, nos hemos lanzado campo de batalla y nos hemos llenado de barro hasta las cejas. Y me da pena que el viernes no hayamos logrado transmitir el INSIGHT más importante: que este proyecto ya ha dejado de ser un trabajo de clase para convertirse en un reto personal.

Así que, ¿sabéis qué? OLÉ VOSOTROS. Y ENHORABUENA.

Porque a nadie que lo ha dado todo se le puede exigir nada. Porque habéis superado todas mis expectativas y cada día aprendo más de vosotros. Y porque estoy muy orgullosa de poder formar parte de esto tan grande, que no va tanto del Design Thinking, como de aprender a vivir con la cabeza bien alta. Y llamadme ilusa, pero estoy convencida de que al final, conseguiremos mantener los cinco globos en el aire. Porque nos tenemos los unos a los otros para ayudarnos.

“Muchas personas pequeñas, en muchos lugares pequeños, harán cosas pequeñas que cambiarán el mundo.”

¡¡¡Ánimo valientes!!! Esto sólo acaba de empezar!!!

Pati, “la cosechadora”.

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