Una mañana en la primavera de 1853, Tom y su familia fueron a visitar a su hermana Marion a las afueras de Milán (Ohio), donde había comprado una granja junto a su marido. Después de la comida, Tom desapareció –como de costumbre- sin que los demás se percataran. Su inquietud era una preocupación constante que traía a sus padres por el camino de la amargura. Tras un buen rato de búsqueda, su padre Samuel oyó un estrepitoso ruido en el granero: allí estaba, sentado sobre un montón de paja. “¿Se puede saber qué haces, Tom? ¡Estábamos muy preocupados!” sentenció su padre. “Lo siento mucho papá. Había visto una gallina sentada sobre sus huevos, y de repente, ¡han empezado a salir gallinas pequeñas de ellos! Había pensado que, si me sentaba encima de este huevo, haría salir también un bebé Tom de aquí”. La preocupación inicial se transformó en una risa entrecortada, habitual tras las ocurrencias de su hijo más pequeño. Tenían otros tres hijos, pero Tom era el más atrevido –y excéntrico- con absoluta diferencia.

La curiosidad del pequeño tenía principio pero no fin: anhelaba comprender absolutamente todo lo que le rodeaba, del ámbito que fuera, y no le importaba pasarse horas y horas dedicado de lleno a algo si al final su esfuerzo daba fruto. 

Sin embargo, su atrevimiento y afán por aprender nunca fue reconocido por los sabios de la época, quienes no vieron en él ni un ápice de potencial; de hecho, no fue admitido en ninguna escuela por más de tres meses. Una mañana de enero, Tom llegó a su casa tiritando, con los ojos inundados en lágrimas. Su madre, preocupada, le preguntó  que qué sucedía. Él, todavía temblando, le contó que su maestro le había calificado de “alumno estéril e improductivo”, además de decirle que no quería que continuara en la escuela.

Pero no se acobardó ante aquel hecho: unos años después se presentó en la oficina ferroviaria de un amigo de su padre, y no con la intención de obtener un empleo: lo que Tom quería era derecho a vender sus propios periódicos en los vagones del tren que circulaba entre Port Huron y Detroit –en el que, al final, llegó a montar una pequeña imprenta donde desempeñaba labores de redacción, edición y encuadernación de su publicación-. Gracias a las cantidades que iban llegando a sus bolsillos, consiguió reunir lo necesario para adquirir libros, probetas, imanes y todo tipo de materiales necesarios para calmar el hambre de conocimientos que se fraguaba en él desde la infancia. Sin embargo, su destino aún le quedaba lejos: le quedaban muchas historias por vivir en aquel tren, desde cuando perdió una gran parte de su capacidad de audición –a cambio de no perder la vida- al estar a punto de caer del tren, hasta cuando salvó la vida de un niño que estaba en los raíles, lo que le proporcionó un empleo que el padre del niño salvado le ofreció: comenzó a trabajar como telegrafista en Cincinatti. Consiguió un puesto destacado en la empresa gracias a sus habilidades técnicas y, a la edad de 22 años, ya vivía en Nueva York. Allí tuvo la idea de fabricar una máquina que sustituyó al obsoleto aparato que indicaba los valores de la Bolsa, lo que le propició 40.000 dólares que le permitieron abrir su primer laboratorio. El futuro genio comenzaba a caminar, y por su propio pie.

Mientras Tom ideaba y creaba incansablemente –el telégrafo, la mejora necesaria del teléfono de Graham Bell, la “máquina para hablar con los muertos”[1] y así hasta un total de 1093 creaciones diferentes– mucha gente estaba fascinada con él. Tom le pidió matrimonio a su primera secretaria y, ésta, cautivada por su manera de ser, aceptó la propuesta –a pesar de la inestable vida que un inventor aún sin inventos podía ofrecer-. Llegó a colaborar con J.P. Morgan para fundar una importante compañía eléctrica, pero éste le quitó sus acciones y creó en solitario la actual General Electrics. Incluso Henry Ford le conoció y dijo sobre él que “ni siquiera quería admitir la posibilidad de un fracaso, porque era de la opinión de que el trabajo constante y concienzudo es capaz de resolverlo todo”. Por otra parte, a Tom se le reconoció una habilidad de la que no todos los inventores pudieron –o pueden- presumir. No solo inventaba objetos: inventaba la manera de utilizarlos, diseñaba contextos para el uso óptimo de sus innovaciones. Un claro ejemplo de esto es la red eléctrica que creó alrededor de su invento estrella: la bombilla. Tom se había convertido en el célebre Thomas Alva Edison, inventor que se anticipaba a las necesidades y pensamientos del público al que destinaba sus aportaciones: su pensamiento de diseño estaba sustentado en una vasta comprensión de las carencias de las personas.

Pero, naturalmente, tuvo que lidiar con una gran cantidad de obstáculos y tuvo que ponerse más de un parche a sí mismo tras golpearse una y otra vez con el muro más temido por todos: el error, el fallo, la equivocación. La bombilla, esa representación gráfica que se utiliza cuando alguien ha tenido una gran idea, fue el invento, como ya se ha dicho, bandera de “Tom” Edison, pero también uno de los que más quebraderos de cabezas y golpes contra el muro le propiciaron. La bombilla en sí ya estaba inventada –eran lámparas incandescentes-; lo que Edison quería era mejorarla y hacerla escalable para su uso cotidiano en las casas, dado que éstas eran enormes y emitían demasiada luz. Para lograr su propósito, Edison probó más de 300 teorías diferentes y, tras enfrentarse el mismo número de ocasiones al error, sacó una de sus conclusiones más válidas y aplicables a la ideación, al pensamiento de diseño, y a todo en general actualmente: “no fueron mil intentos fallidos, fue un invento de mil pasos”.

El que un día fue el pequeño Tom, el niño que habían tirado en la escuela por inútil, consiguió aplicar el concepto de pensamiento de diseño en una época en la que nadie lo había nombrado aún y, tras numerosos intentos, escalar las bombillas para el uso cotidiano; pero consiguió –sin pretenderlo- escalar una enseñanza mucho más importante: la visualización de necesidades y la iteración. Saquen sus propias conclusiones.

 

[1] Thomas Alva Edison dijo a la revista Scientific American que estaba trabajando en un aparato para hablar con los muertos. A lo que se refería era a que, en 1901, el antropóllogo Waldemar Bogras, en Siberia, grabó unas voces extrañas durante un ritual de la tribu Tohouktchi con uno de los más sonados inventos de Edison: el fonógrafo.

 

 

Ahora que nos acercamos al ecuador del máster, he escrito este breve relato para transmitiros muchísima fuerza para los trabajos de Design. Y recordad: los genios no existen, pero sí las personas constantes, soñadoras y sin miedo a equivocarse.

¡Feliz lunes!

La cosechadora,

Lorena Carbajo.

 

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